Carta en la web del propio restaurante
El montaje recomendado: una página normal que se readapta al móvil y que puede editarse cada vez que la cocina cambia algo, sin tocar el código.
Se codifica como
https://lacantina.example/cartaLos resultados aparecen mientras escribes. Usa las flechas arriba y abajo para revisarlos e Intro para abrir uno.
Sin resultados para .
Prueba con una palabra más corta o explora todos los generadores.
Recientes
Se guardan solo en este dispositivo; nunca se envían a ningún sitio.
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Pon la carta en la mesa sin volver a imprimirla cada vez que cambia un precio.
Se genera en tu dispositivo. Nada de lo que escribes se envía a ningún sitio.
Un código QR de carta abre el menú en el móvil del propio cliente. La ventaja salta a la vista en todo lo que cambia —los platos del día, la temporada, los precios que se mueven con el proveedor—, porque actualizar la página actualiza todas las mesas a la vez y sin reimprimir nada. Lo que conviene pensar despacio es qué abre exactamente el código. Una página web y un PDF son dos experiencias muy distintas en un teléfono sostenido con una mano encima de una mesa, y esa decisión determina si la carta se lee de verdad o simplemente está ahí. Aquí la corrección de errores viene en Q en lugar de M, porque sobre una mesa acaba derramándose de todo.
Se actualiza la página y todas las mesas muestran la carta nueva en el acto. Para una cocina que ajusta precios según lo que cuesta el género, eso elimina un gasto recurrente de impresión y, sobre todo, la semana de espera que llevaba detrás.
En una carta impresa no cabe la información completa de alérgenos y acaba en una hoja aparte que hay que pedir. En una página cabe entera, plato por plato, y deja de interrumpir el servicio cada vez que alguien pregunta.
Los platos pueden llevar foto y una descripción de verdad sin que la carta se vuelva un tocho incómodo de sujetar. Eso ayuda sobre todo con lo que no se conoce, que muchas veces no se pide simplemente porque nadie sabe qué es.
Un código en un caballete no hay que desinfectarlo entre cliente y cliente como una carta plastificada que pasa de mano en mano. Es una tarea menos en cada cambio de mesa, y en un turno lleno eso se nota.
El montaje recomendado: una página normal que se readapta al móvil y que puede editarse cada vez que la cocina cambia algo, sin tocar el código.
Se codifica como
https://lacantina.example/cartaUn segundo código solo para la barra, de modo que quien quiere vino llega directo a la lista de vinos sin bajar por delante todos los platos.
Se codifica como
https://lacantina.example/bebidasUna página propia para la carta de habitaciones, distinta de la del restaurante de abajo, colocada en el escritorio o en la mesilla.
Se codifica como
https://hotelmirador.example/habitaciones/cartaSube la carta a tu web como una página normal y pega esa dirección en «Enlace a tu carta». Una página se readapta al ancho de la pantalla; un PDF maquetado para imprimir en A4 no, y esa diferencia se nota en el primer segundo.
Ábrela en un teléfono y léela como lo haría un cliente: con una mano, con la luz que hay en tu comedor de verdad. Un cuerpo de letra que se ve perfecto en un portátil suele ser ilegible en una sala en penumbra.
Los códigos de mesa se escanean con poca luz, en ángulo y a veces después de la segunda copa. Tres centímetros de lado es el mínimo razonable, y cuatro funciona mejor en un caballete de mesa que en una tarjeta tumbada.
El código vive en una mesa donde se derrama y se limpia. Un código dañado deja de leerse mucho antes de parecer inservible, así que protégelo y cámbialo por calendario en lugar de esperar a que se queje un cliente.
Es el error que define a este tipo de código. Un PDF maquetado en A4 se abre en el móvil como una hoja en miniatura que el cliente tiene que ampliar y arrastrar, con una letra que obliga a hacer zoom sección por sección. Una página web se readapta sola. Si el PDF es inevitable, prepara una versión a una sola columna pensada para pantalla y enlaza esa, no el archivo de imprenta.
Los comedores están en penumbra y el código se escanea muchas veces desde el otro lado de la mesa, en diagonal. Un código del tamaño de una tarjeta de visita falla con frecuencia en esas condiciones aunque se lea perfectamente bajo los fluorescentes de una oficina. Tres centímetros es un suelo, no un objetivo.
Sobre una mesa hay agua, aceite, cera de vela y producto de limpieza. Un deterioro que apenas se ve puede bastar para que el código deje de leerse, y el personal suele enterarse por un cliente molesto. Plastificar ayuda mucho, y revisar unos cuantos cada semana convierte el fallo en rutina en vez de en incidencia.
Una carta solo digital deja fuera a quien se ha quedado sin batería, no tiene cámara, ve mal o simplemente no quiere mirar el móvil mientras cena. Además, la accesibilidad de la carta no es opcional en todos los sitios. Unas pocas copias impresas detrás de la barra resuelven el problema entero y no cuestan casi nada.
Un código que apunta a la página principal obliga a cada cliente a buscar la carta por un menú de navegación pensado para ordenador. Enlaza la página de la carta directamente: ese paso de más pierde a mucha más gente de la que parece razonable.
El contenido es un enlace normal, así que lo abre cualquier lector y no hace falta ninguna aplicación. Los límites reales son ambientales, no técnicos. El wifi de un local suele ir justo y en muchos sótanos no entra cobertura, de modo que una carta pesada, con fotos grandes, tarda precisamente donde más falta hace: mantén la página ligera. El teléfono enseña el dominio antes de abrir nada, así que una dirección reconocible se escanea con menos reparo que una que no dice nada. Y en locales con clientela mayor conviene recordar que los móviles antiguos sin lectura automática desde la cámara siguen necesitando una aplicación aparte.
La corrección de errores viene aquí en Q en lugar de la M que usa el resto del sitio. El nivel Q recupera alrededor de una cuarta parte del patrón tapado, que es justo lo que le conviene a un código que va a convivir con grasa y con agua. A cambio el patrón sale algo más denso, y por eso los consejos de impresión de esta página son un poco más conservadores que en otras.
Una página web, casi siempre. Un PDF maquetado para imprimir obliga al cliente a ampliar y arrastrar un documento mientras sujeta el móvil sobre la mesa, y la letra suele quedar demasiado pequeña para leerla sin hacer zoom en cada sección. Una página se readapta al ancho de la pantalla. Si no hay más remedio que usar un PDF, prepara una versión a una sola columna pensada específicamente para el móvil.
Tres centímetros de lado como mínimo, y cuatro va mejor en un caballete. Los comedores tienen poca luz y el código se escanea muchas veces en diagonal desde el otro extremo de la mesa, que es bastante más difícil que las condiciones de oficina en las que se suele probar. Los códigos del tamaño de una tarjeta de visita fallan a menudo en salas reales.
Sí, y es el motivo principal para usar uno. Cambias la página y todas las mesas muestran la carta nueva al momento. Lo importante es que la dirección no se mueva: usa algo como «/carta» y no «/carta-otono-2026», porque entonces cada temporada te obligaría a reimprimir todos los códigos del local para nada.
Conviene tener algunas. Una carta solo digital deja fuera a quien se ha quedado sin batería, ve mal, lleva un móvil antiguo o no quiere sacar el teléfono durante la cena. La normativa de accesibilidad y de información al consumidor tampoco entiende de formatos: la información tiene que estar disponible. Unas cuantas copias detrás de la barra bastan.
En la propia página de la carta, junto a cada plato, que es donde de verdad se consulta. El Reglamento europeo 1169/2011 obliga a que esa información esté a disposición del cliente, y una página tiene sitio de sobra para detallarla plato por plato en lugar de resumirla en una hoja aparte que hay que pedir expresamente. Es una de las mejores razones para tener la carta en web.
Por deterioro físico, casi siempre. La grasa, el agua, la cera de las velas y los productos de limpieza degradan la superficie impresa, y un código puede dejar de leerse cuando todavía parece estar entero. Plastificarlos ayuda bastante, y revisar unos cuantos como parte de la rutina del turno detecta el fallo antes que el cliente.
No. El código se genera en tu navegador a partir de la dirección que escribes y no se transmite nada. Tampoco hay cuenta, ni suscripción, ni servicio de redirección por en medio: el código apunta directamente a tu página, así que nada de este sitio puede dejarlo sin funcionar más adelante.
Este generador forma parte de códigos QR de negocios: consulta el grupo completo y qué conviene decidir antes de generar uno.